Historia

HISTORIA

Nuestra historia comienza hace más de doscientos años, en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona (España) donde grupos de jóvenes voluntarios, hombres y mujeres se dedicaban a la atención de los enfermos en dicho hospital.

Un hospital del siglo XVIII era el albergue de toda clase de dolor; no pensemos en la hospitalización rápida de nuestros días. El hospital era refugio de transeúntes, casa de acogida para los huérfanos, espacio de recuperación para los enfermos sin posibilidades, lugar de tratamiento de los dementes, reposo de las prostitutas, maternidad de madres solteras…Como si todas las obras sociales que hoy conocemos se concentraran en este lugar. Y, además, con poco personal preparado para atenderlos. La enfermería y los distintos trabajos del hospital no tenían, en ese momento, el desarrollo que conocemos en la actualidad.  

Atendiendo este puzzle de sufrimiento, encontramos a un sacerdote, el Padre Juan Bonal, capellán del Hospital desde el 2 de marzo de 1804, que coordinaba la labor de estos voluntarios que estaban comprometidos con la aflicción de los otros. Esta labor no se limitaba al Hospital de la Santa Cruz.

Expansión de la Hospitalidad en Cataluña

En 1791, el Hospital de Mataró “suplica a la Junta del Hospital de la Santa Cruz el envío de algún Hermano enfermero para formar a los que en Mataró querían dedicarse al servicio de los enfermos”.

El amor siempre sale al encuentro de la necesidad porque experimenta como propio el dolor ajeno, y quiere subsanar la carencia y llevar a plenitud lo que se vislumbra. Siempre el amor es amplitud

Al Hospital de Mataró le seguirán los hospitales de Olot, Gerona, Figueras, Cervera, Tarragona, Valls que van contando con estos pequeños brotes que sueñan con ser ramas de un mismo árbol; después seguirán Zaragoza y Tortosa. El sueño de Juan Bonal, junto con Jaime Cessat (sacerdote catalán incardinado en Valls), era formar una Congregación religiosa que asistiera a los enfermos en los diferentes hospitales con “Hermanas de la Caridad”. Con este deseo en el corazón, Juan Bonal viaja a Zaragoza.  

Camino de Zaragoza

Por aquella época, la Junta del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, andaba buscando soluciones para una mejora en la atención de la Casa. No sabemos con certeza si fue Juan Bonal quien ofreció la posibilidad de establecer en el hospital una Hermandad o la Junta del centro (llamada la Sitiada) lo solicita. En septiembre de 1804, Juan Bonal viaja para reunirse con las autoridades del Hospital de Zaragoza y cierran el trato: los grupos del Hospital de la Santa Cruz vendrán a Zaragoza a ayudar a los enfermos de este gran hospital. El Hospital les dará alojamiento, comida y vestido mientras trabajen a su servicio.

El 28 de diciembre de 1804, después de un viaje en carro y soportando el frío desde Barcelona, llegan a Zaragoza, de noche y bajo la lluvia, doce Hermanos y doce Hermanas para atender, desde el 1 de enero de 1805, a los enfermos del Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia. Los principios no fueron fáciles, pero los enfermos sintieron muy pronto la presencia de las Hermanas que se preocupaban por ellos y sus dolencias de cuerpo y de espíritu. No ocurrió lo mismo con los trabajadores del Hospital que veían, en la presencia de estas fraternidades, un impedimento a los negocios que ellos se traían entre manos. 

Las Hermanas de la Caridad llegan a Huesca

El 19 de mayo de 1807, un grupo de doce Hermanas va a encargarse del Hospital de Nuestra Señora de la Esperanza y de la casa de Misericordia de Huesca. Va como superiora, Hna. Teresa Calvet. Allí empieza, de forma más explícita, la labor educativa de la Hermandad, que continuará también en Zaragoza, en la Inclusa. Las comunidades de Huesca y Zaragoza permanecerán jurídicamente independientes, no así afectivamente puesto que en los documentos se describe la relación que mantenían entre ellas intercambiando obsequios como, por ejemplo, envío de gallinas. También sabemos que María Ràfols, cuando fue desterrada vivió en la comunidad de Huesca. 

El horario de la jornada en el hospital, según los documentos históricos, era el siguiente:

4:00  Levantarse, vestirse y lavarse.
4:30  Una hora de oración mental.
5:30  Limpieza de los vasos inmundos.
6:30  Misa y comunión los días que toque.
7:00  Cura de enfermos, barrer las salas, componer las camas y limpiar las vajillas menores de los enfermos.
8:00  Acompañar a los médicos durante la visita a los enfermos.
8:30  Dar a los enfermos las medicinas recetadas y sangrarles si fuera necesario.
9:15  Rezar el Rosario en una de las salas.
9:30  Suministrar el caldo a los enfermos, llevarles la comida.
11:00  Lectura espiritual en el coro.
11:30  Corona de Nuestra Señora y examen de conciencia.
12:00  Comida y recreo.
13:00  Retiro en los cuartos, descanso.
14:00  Asistir a la segunda visita de los médicos y suministrar las medicinas recetadas.
17:00  Rezo en las salas de los Actos de fe, esperanza y caridad y del Santo Rosario.
17:30  Caldo a los enfermos, cena.
19:00  Media hora de oración mental y otro cuarto de hora de rezos comunes.
20:00  Cena.
20:30  Curas a los enfermos.
21:00  Acompañar en la visita al médico.
22:00  Se acostarán todas en su dormitorio, sin excepción, por muy devota que parezca la causa, salvo las dos Hermanas que hacen la vela a los enfermos hasta las cuatro de la mañana.

Guerra de la Independencia en Zaragoza

En 1808 estalla la Guerra de la Independencia y Zaragoza vive los Sitios. La Hermandad masculina ha desaparecido; no conocemos bien las causas, pueden ser la falta de coordinación entre los miembros de la Junta Directiva, las presiones de los trabajadores asalariados, la inestabilidad vocacional, la carencia de una persona que aglutine, o que el trabajo, en su época, fuese menos propio de su sexo. 

Las Hermanas se mantienen en pie. Vivir unidas a Jesús en la cruz, vivir el día a día apasionadamente, hacer único el momento presente, trabajar en equipo, las ha ido entrenando y cuando llega la guerra, el hambre, la inseguridad, el miedo y la pobreza, las encuentra preparadas: Fuertes en la fe, seguras en la esperanza, constantes en el amor. Afianzadas sobre la vivencia cotidiana de la hospitalidad, están disponibles para vivirla como ofrenda y sacrificio, en una entrega continua y heroica, hasta dar la vida.

Cuando finaliza la guerra, doce Hermanas han caído en el surco, muertas de cansancio, de hambre. Eran veintiuna; quedan nueve mujeres que van a pasar, como tantos otros, por la experiencia de no ser nadie, de no contar nada. La invasión del país vecino, el cambio de la Junta que dirige el hospital, por otra afrancesada, el afán de control y el intento de desvincular a las Hermanas de dos personas significativas, María Ràfols y Juan Bonal, acrecientan las dificultades en la pequeña y dolorida fraternidad.

María Ràfols, a pesar de su juventud, vino ya desde Barcelona como responsable del grupo de las Hermanas y es la que ha dado consistencia al grupo de mujeres.

Juan Bonal, que los conduce hasta Zaragoza y los ha acompañado desde el principio, es separado de la Hermandad y dedicará sus días a pedir limosna para los enfermos del hospital y transmitir el amor de Dios.  

Reconciliando a las personas con Dios, recorrerán los caminos por distintas provincias de la geografía española. No importa la magnitud del don, importa el amor con el que se da y con el que se recibe.

Un hombre y una mujer proféticos que, atentos a las llamadas de Dios, responden a las necesidades de los que sufren, “están a la vista” de lo que va ocurriendo a su alrededor. 

La Hermandad parece romperse y llega la crisis. En algún momento, ésta se compone únicamente de cinco Hermanas, las salidas se suceden, la incertidumbre es muy fuerte. Es el tiempo de creer en las promesas de Dios.

Cuando la situación política vuelve a cambiar, los franceses vuelven a su país y la Junta del Hospital vuelve a ser española, parece que la situación de la Hermandad se estabiliza. Sin embargo, hay varias Hermanas enfermas y los problemas con la Sitiada continúan porque quiere inmiscuirse en la intimidad de la Hermandad.

Como contraste a este afán de constreñir la vida de las Hermanas, estos años ingresan en la Hermandad varias jóvenes y las solicitudes para fundar en otros lugares se suceden en distintos puntos de la geografía española, pero la Sitiada les impide salir del hospital y que otras personas gocen de su caridad.

A partir de 1813 María Ràfols trabaja en el departamento que acoge a los niños abandonados, la Inclusa.

La Hermandad se consolida

1824 es un año feliz. El sueño se ha cumplido: La Hermandad se convierte en una Congregación Religiosa de Derecho Diocesano, se aprueban las Constituciones y cuatro Hermanas profesan públicamente, al año siguiente, sus votos perpetuos. Tres pertenecen al grupo fundacional: Hna. María Ràfols, Hna. Tecla Canti y Hna. Raimunda Torrellas.  Hna. Teresa Rivera había ingresado en el año 1806.

Destierro en Huesca

María Ràfols vuelve a ser elegida superiora de la Hermandad. Son años tranquilos y serenos; parece que el dolor ha pasado cuando, de nuevo, regresa de manera violenta. 

En 1834, en el marco de las guerras carlistas entre Isabel II y el Archiduque Carlos, por entenderse que la plancha de plomo y los troqueles que utilizaba para hacer flores podían destinarse a fabricar balas, Madre María sufre la cárcel y el destierro a Huesca, pese a ser declarada inocente en el juicio. En esa ciudad hay, como ya sabemos, una comunidad de Hermanas de la Caridad que atiende, desde 1807, la Casa de Misericordia y el Hospital de Nuestra Señora de la Esperanza.

De nuevo en Zaragoza

La Hermandad está consolidada y el servicio hecho con todo detalle, con todo cariño, con el mayor amor, continúa. Así encuentra María Ràfols a las Hermanas, a su regreso en 1841. Vuelve a estar al frente de la Inclusa durante cuatro años, hasta que en 1845 la Sitiada le concede la jubilación. Su vida se está apagando, consumida en la entrega al que más lo necesita. Pero su Señor le concede ver cumplida la promesa que le hizo. El tiempo de espera se ha convertido en esperanza, ha generado la fe y ha hecho posible la vivencia de un amor sin fronteras. No conoce la expansión de la Congregación, pero la intuye a través de los últimos acontecimientos que vivió: la inauguración de un oratorio propio, la elección de Hna. Magdalena Hecho como superiora, las vocaciones que se suceden… Mujer de certezas, sabe que el amor es siempre anchura y que la Hermandad está consolidada.

La Congregación traspasa los muros del Hospital

La entrega de las Hermanas durante la epidemia de cólera de 1855, que atienden, además del hospital, dieciocho pueblos, hace que el Gobernador de Zaragoza solicite y consiga una Real Orden por la cual la Congregación pueda extenderse. Es el año 1857. Las Hermanas van allá donde son llamadas: Calatayud, Tudela, Caspe, Huesca, Madrid… Se funda en zonas rurales y se inician las escuelitas para niñas, al lado del hospital.   “Hospital, asilo, escuela” es la dinámica que se seguirá en las nuevas fundaciones.
 
Las puertas están abiertas para llegar a los distintos puntos de la geografía española y las Hermanas siguen soñando en llegar más lejos, allá donde hay más dolor y pobreza.

En 1865, la Congregación pasa a denominarse “Hermanas de la Caridad de Santa Ana”. Una imagen de San Joaquín y Santa Ana acompañó a las fraternidades en el viaje de Barcelona a Zaragoza. Ya el Manuscrito de Barcelona, documento encontrado en el archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, es el “Tratado de las Constituciones Espirituales de los Hermanos y Hermanas de los Santos Hospitales congregados bajo la invocación de San Joaquín y Santa Ana”. Desde los orígenes, estos santos han acompañado a la Congregación.

El 25 de abril de 1868, la comunidad de Huesca se incorpora a la Congregación. Sesenta años de separación no significan sesenta años de lejanía porque en el corazón no hay distancias. La plantita que había comenzado a salir del tiesto, comienza a adquirir solidez.
 
Dos notas caracterizan la expansión de la Congregación: saber discernir las necesidades de los hombres y mujeres de cada tiempo y saber dar respuesta, incluso con el riesgo de la propia vida. Impresiona conocer la lista de Hermanas que hasta hoy han hecho presente la entrega que formularon el día de su Profesión: Ser caridad universal, principalmente con los más pobres y necesitados, hecha hospitalidad hasta el heroísmo en cualquier lugar del mundo donde se les llame. 

El ideal misionero de la Congregación se recoge ya en las Constituciones de 1883 y se hace realidad cuando un grupo de Hermanas, animadas de ese espíritu, deja España y, en 1890, llega al Lazareto de la Isla de Providencia en Maracaibo (Venezuela)

En 1898, el Papa León XIII aprueba la Congregación, confirmando la autenticidad de su carisma, y ésta pasa a ser Congregación de Derecho Pontificio. Las nuevas Constituciones son aprobadas por Roma en 1904.

De Venezuela se va a Colombia (1930) y Costa Rica (1935). Desde Costa Rica se pasa, en 1965, a Panamá y Nicaragua. Desde Colombia, se funda en Perú (1975) y en Ecuador (1982). Desde Venezuela, la Congregación se extiende a Bolivia (1978). Posteriormente, con Hermanas de varias nacionalidades, se abren fundaciones en México y Chile (1985), en Cuba y Argentina (1990), en Brasil (1994) y en Honduras y Guatemala (1997)

En 1937, con la fundación de Italia se inicia la expansión en Europa. Se abren comunidades en Francia (1955), Inglaterra (1976) y Rusia (1998).

En 1951, las Hermanas llegan a Nadiad, Gujarat (India). La acción apostólica de la Congregación se extiende a lugares en los que el nombre de Jesús no había sido pronunciado. La presencia en este enorme país se va multiplicando y se extiende a otros estados. En 1987, las Hermanas llegan a Macao, en 1990 a Filipinas y en 2006 a Nepal.

En África, la primera fundación se realiza en Ghana, el año 1970 en el Hospital de San José de Koforidua. Costa de Marfil, las recibe en 1972. Las encontramos en Zaire de 1973 hasta 1976. En 1980 llegan a Guinea. Ruanda las acoge el año 1981. A Gabón llegan en 1994 y a la República Democrática del Congo en 1999

En Oceanía, llegan a Palmerston, Darwin (Australia) en 1985 y se establecen en Papúa-Nueva Guinea, en 1992.

Las Hermanas se hacen presentes allí donde la necesidad es más urgente, aunque sea de manera transitoria. Las encontramos:

  • en los Campos de Refugiados de Ngozi (Burundi) y Goma (Rwanda), en 1994-95 y en los de Kosovo en 1999… 
  • atendiendo a personas desplazadas, inmigrantes y refugiadas en Colombia, Venezuela, Brasil, México, República Democrática del Congo, Italia y España, en las primeras décadas del siglo XXI.
  • junto a los damnificados por catástrofes naturales: 
  • erupciones de volcanes en Colombia (Nevado del Ruiz, 1985), Guatemala (Volcán de fuego, 2018) y Filipinas (volcán Mayón, 2018)…
  • tsunami de India en 2004,
  • inundaciones y corrimiento de tierras en diversos países y momentos (India, Chile y Perú en 2015; Nepal, Fujian (China), Filipinas, Nicaragua, Guatemala, México, Panamá y Costa Rica en 2016; Perú, Mocoa (Putumayo-Colombia), Macao, Ngai-Sai (China) e India en 2017; Filipinas, India, Perú, Colombia, Italia y España en 2018…)
  • huracanes y tifones en Centroamérica y Cuba (2017), México (2018) y Filipinas (2013, 2015, 2018),
  • temblores y terremotos en Kutch (Gujarat, India, 2001), Nepal y Chile (2015), Ecuador (2016), Italia (2016 y 2018), México (2017 y 2018), Nicaragua, Guatemala, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Cuba y Venezuela en 2018…
  • en la epidemia del ébola en África (2014)
  • en medio de la crisis humanitaria, social y política en Venezuela, Nicaragua y República Democrática del Congo;
  • participando en distintos foros y movimientos en diversos lugares del mundo sobre la paz, la trata de personas, el racismo, la violencia de género, la pobreza y la exclusión social, la desigualdad y la discriminación
  • apoyando a familias que sufren las consecuencias de la crisis económica en distintos países; 
  • alimentos, productos de higiene, material de protección y cobijo a personas vulnerables en la pandemia del covid-19, y brindando atención médica a los afectados en nuestros dispensarios, ambulatorios y hospitales (2020).

Y es que el amor siempre se hace presente porque nada le es ajeno.

En el año 2000, la Congregación crea la ONG Fundación Juan Bonal, para ser cauce de solidaridad y cooperación en cualquiera de sus formas, dedicando todos los esfuerzos a los colectivos más desfavorecidos y vulnerables y facilitando su integración en la sociedad. Sus actividades se realizan principalmente en los países en vías de desarrollo donde se encuentran las comunidades de Hermanas. Proporciona ayuda a personas, organismos y entidades sociales que sufren necesidades y carencias propias de los pueblos más pobres.

Estas actividades son tan sólo algunos ejemplos de la tarea realizada con todo detalle, con el mayor cariño, con el mayor amor, por las Hermanas en veintinueve países de los cinco continentes. La historia no ha terminado, se sigue escribiendo con otros trazos y con rostros de diferentes colores, porque sigue siendo necesario llevar amor allá donde no se habla de él, esperanza donde parece no haber futuro, fe donde no han oído hablar de Jesús. Es necesario seguir siendo aceite y vino en las heridas, escucha para los más pobres y vulnerables, acompañantes en el camino, estímulo y motivación para ayudar a aflorar los talentos y capacidades que cada uno tiene y ser buena persona, humana, comprometida, testigo de la verdad y el amor.

A lo largo de su Historia, diferentes Superioras Generales han acompañado la marcha de la Congregación:

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