Nacimiento de la Virgen María
Desde comienzos del siglo VI se venera en Jerusalén, junto a la piscina de Bezatha, el lugar en que habría nacido la Virgen María. San Juan Damasceno celebró el misterio de este día en la basílica de la Natividad de María, convertida en el siglo XII en la iglesia de Santa Ana: «Venid todos, ¡celebremos con alegría el nacimiento de la alegría del mundo enteros Hoy se ha formado en la tierra, partiendo de la naturaleza terrena, un nuevo cielo!. Hoy da comienzo para el mundo la salvación». La liturgia se hace eco de estas palabras. Si el «comienzo de la salvación» alude propiamente a la Maternidad de María, se puede decir que el nacimiento de la Inmaculada Madre de Dios «fue para el mundo esperanza y aurora de salvación». Desde su aparición sobre la tierra, María ocupa un lugar privilegiado dentro del plan de Dios: es «la Virgen que dará a luz un hijo», aquella que dará el ser «al Sol de justicia, Cristo nuestro Dios». De ahí que «celebremos con alegría el nacimiento de María» y que, como consecuencia, esperemos «conseguir aumento de paz» para el mundo. Las Iglesias de Oriente cantan de modo paralelo: «Este día es el preludio de la alegría universal. En él han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación» (Liturgia bizantina).