La conversión de San Pablo
En el camino de Damasco, Saulo, el perseguidor de los cristianos, se ve derribado de sus amenazas de muerte contra los discípulos del Señor; y se levanta, como instrumento elegido para llevar el nombre de Jesús ante los paganos y ante los israelitas.
Cae de sus ojos la ceguera; y se llena del Espíritu Santo. Es bautizado por un discípulo fiel, Ananías.
Y Pablo predica ante los judíos de Damasco y ante los gentiles, a Jesucristo, Mesías, Hijo de Dios.
La conversión de San Pablo permanece como un ideal para cada hombre y cada institución hasta encontrar su Camino de Damasco y su Ananías.
Se desconoce qué es lo que liga el recuerdo de San Pablo con la fecha del 25 de enero, mas su fiesta, que es paralela a la de la Cátedra de San Pedro (22 de febrero), supone la entrada de un período del año en el que se prolonga la irradiación de la Epifanía.
La conversión de Pablo constituye, en efecto, una epifanía, es decir, una manifestación de Cristo: el Resucitado de la Pascua se le muestra a Saulo como el Mesías glorificado en Dios, que sigue viviendo en sus hermanos y no forma sino un solo ser con ellos. «No dice Cristo "por qué persigues a mis siervos?, sino: "Por qué me persigues? La cabeza se lamentaba por sus miembros y los transfiguraba en ella misma» (San Agustín). Saulo descubrió en un instante que Jesús de Nazaret es el Dios vivo y que éste se identifica con la Iglesia.
Mas la Conversión de Pablo es asimismo una manifestación de las maravillas que puede llevar a cabo la gracia del Señor en un alma que no responda a medias a la llamada que escucha: "Sé de quién me he fiado", dice Pablo; «Vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí».