San Simeón
El Simeón que hoy celebramos fue obispo de Jerusalén después de Santiago, lo que nos sitúa en el siglo I de la era cristiana. Realmente, el recuerdo de este obispo se pierde en el tiempo, y no son muchos los datos que tenemos sobre él, pero esto no es necesariamente malo, porque a veces, no hacen falta muchas cosas para saber cómo es una persona y, por lo que sabemos de Simeón, él fue una buena persona. La tradición cuenta que Simeón era hijo de María la de Cleofas o Clofas, hermana de la Virgen María, por tanto, era primo de Jesucristo. Pero no sólo los unió el parentesco familiar, ya que probablemente Simeón era uno de los discípulos de Jesús y se encontraba presente el día de Pentecostés. Después de la dispersión causada por la muerte de Esteban, Simeón permaneció en Jerusalén junto a Santiago, a quien ayudaba en el gobierno de la comunidad; al morir este a manos de Herodes, pasó Simeón a ocuparse de la iglesia jerosolimitana. En aquellos convulsivos tiempos, Simeón supo enfrentarse a las incipientes herejías que acechaban a la Iglesia y supo también llevar a su comunidad por el buen camino. Se cree que murió mártir, crucificado como su maestro, después de 43 años de gobierno, en el año 116.