San Gregorio Magno

«El hombre ha sido creado para contemplar a su Creador, para buscar siempre su rostro y habitar en la solemnidad de su amor». Esta frase de San Gregorio Magno da luz sobre toda su vida. El heredero de unos senadores romanos renunciaba, a sus treinta y cinco años, con esa idea a los altos cargos civiles que desempeñaba, para consagrarse a la vida monástico en su morada del Coelius (hacia el 575). Vivió allí cinco años de paz y gozo íntimos. Mas el Señor tenía otros designios sobre él. El papa Pelagio II le nombró diácono suyo y le envió en misión a Constantinopla (580-585).

Vuelto a Roma, el desbordamiento del Tíber produjo muchas calamidades: hambre y peste sobre todo. Una de las víctimas de la peste fue Pelagio II. Reunidos el clero, el senado y el pueblo, eligieron Papa al diácono Gregorio. Le costó mucho dejar su soledad, pero aceptó. Era el primer Papa monje, estilo que introdujo en la espiritualidad y liturgia de su pontificado. Publicó la Regla Pastoral, que fue el código de los obispos durante la Edad Media. Restauró la disciplina.

Recibió la consagración episcopal en San Pedro el 3 de septiembre del 590. Hasta su muerte (12 de marzo del 604), el papa Gregorio Magno iba a llevar a cabo una considerable tarea. Como pastor de un pueblo saturado de desgracias, hubo de procurarle alimento, tanto de pan como de la palabra de Dios. De cara a un mundo nuevo, entró en contacto con los bárbaros: envió misioneros a Inglaterra.

Esto supuso una amplia correspondencia, Comentarios de la Escritura, Homilías escritas con cuidado para que fueran leídas por algún clérigo - pues Gregorio estaba habitualmente tan alcanzado de salud que apenas podía hacerse entender por el pueblo -. Así fue la vida del «cónsul de Dios», como le llama su epitafio de la basílica vaticana. La posteridad ha rodeado la obra de Gregorio de una veneración tal que el compendio de oraciones litúrgicas que él compuso se ha conservado prácticamente hasta nuestros días como el Misal romano.

San Gregorio el Grande era un agudo observador de la naturaleza humana. ¿Quién no reconoce la verdad contenida en la afirmación: «Quienes tropiezan en terreno llano, deberían evitar acercarse a un precipicio»? O la claridad de recordar a la gente que es más fácil abandonar las posesiones que cambiar nuestro corazón, pues «renunciar a lo que uno tiene no es sino algo menor, pero renunciar a lo que uno es, eso es mucho pedir».

Recientemente, el nombre de Gregorio ha vuelto a ser conocido popularmente de nuevo por la edición de una grabación de canto gregoriano interpretado por unos monjes españoles que fue éxito de ventas. Irónicamente, aunque sabemos que San Gregorio reformó la liturgia de la Iglesia durante su reinado como papa, no estamos seguros de hasta dónde es realmente responsable de la reforma de la música que porta su nombre.

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septiembre 2026

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